Todos sabemos lo “pesados” que pueden llegar a ser los comerciales cuando quieren venderte algo, ya sean tarjetas de crédito gratuitas de por vida y que te regalan el 2500% de tus compras mensuales y el 3728% de tus principales recibos o tarifas planas de internet que no sólo son más baratos que la competencia sino que te aseguran 57 GB de bajada aunque en realidad sólo tengas contratado 3 MB.
Hace una semana me llamaron desde un número oculto al fijo de mi casa y preguntaron por mi con nombre y apellidos y pidieron que confirmara que vivía donde vivo ya que me habían seleccionado para ser el portador de unas ventajosas condiciones en un gimnasio que acaban de abrir en mi localidad.
Dejando a un lado la forma en la que han conseguido todos mis datos (¿qué compañía habrá ganado dinero a costa mía vendiendo mis datos a terceros?), me interesó la oferta ya que no era la típica oferta espectacular en la que por llamarse Pepito ha sido agraciado con un Audi A3 y un piso en Peñíscola, sino que era algo más real y tangible puesto que el gimnasio está a escasos minutos de mi domicilio y la venta era simplemente por conocer las instalaciones.
Fui al encuentro, me enseñaron las instalaciones, me pesaron, me tallaron, me llamaron gordo con una sutil indirecta y cuando me dijeron los precios realmente me conquistaron, teniendo en cuenta que hasta ahora estaba yendo a uno que no sobresalía por la calidad de las mismas y el precio era ligeramente superior al que me ofrecían en el actual.
El caso es que en mi fuero interno estaba convencido de cambiarme ya que me gustaba más que el anterior y el precio era inferior los dos primeros años, pero claro, uno debe hacerse el duro y salieron a relucir mis 8 años de experiencia como comercial y le di a entender que estaba en duda porque estaba muy a gusto en mi gimnasio actual y que tenía amistades allí… el comercial sacó unas armas que casi hacen que cambie de opinión.